La Izquierda y la Clase

Cuatro años  desde el estallido de la crisis. Un buen montón de meses que han dejado en evidencia que el sistema actual es completamente insostenible, que las políticas neoliberales no sirven más que para agravar las diferencias sociales, cargarse el medio ambiente y sumir a la población en un estado de emergencia y precariedad permanente, haciendo del miedo, de la competitividad y del rencor un estilo de vida, o de muerte en vida.

Un panorama gris que no sólo amenaza con derrumbar los cimientos del Estado del Bienestar, sino que se los ha cargado directamente, a la velocidad con que los capitales viajan, vuelan, de cuenta corriente en cuenta corriente.

Pero llama la atención que, ante tamaña evidencia, las fuerzas políticas institucionalizadas (a modo de partidos o sindicatos) que se oponen al actual modelo político, social y económico imperante no han visto crecer de sobremanera su apoyo en las urnas o en el censo de militantes. Tampoco los viejos movimientos sociales, aún enquistados en una gramática política vetusta, han sabido cambiar su manera de pensar la realidad y siguen reproduciendo la idea de vanguardia ideológica, abogando por prácticas políticas que parecen únicamente destinadas a presionar a esas fuerzas institucionalizadas, no cuestionándose el modo de funcionar, alejándose de ese “pueblo” al que interpelan, pero que les escucha mucho menos de lo que desearían.

Hay que bucear un poco en el lenguaje y realizar un ejercicio de análisis y reflexión sobre las causas por las que eso que llamamos izquierda no ha sabido ocupar el papel de antítesis en el juego político y en plena crisis del capitalismo. Especialmente hay que destripar el elemento fundamental, sobre el que construyen todo su planteamiento y acción política, la clase social. Para ello, esbozaré dos modos de definirla. En primer lugar, como una cosa y, en segundo lugar, como un conjunto de personas.

Producto de la dialéctica histórica o materialista, la Clase surgió, en sus inicios, como una herramienta de análisis, fijando unos parámetros objetivos, centrados sobre todo en variables socio-económicas, donde se podría encajar a un determinado sector de la población. Todavía hoy se utiliza así en determinadas áreas académicas, como la planificación y gestión de políticas públicas.

Pero con el tiempo, obra de los movimientos e ideologías que surgieron tras 1848 (año de publicación del Manifiesto Comunista), la clase adquirió una dimensión identitaria. Sin abandonar los criterios empíricos de análisis, ese grupo social que se encuadraba en lo que se conoce como clase trabajadora, amplió sus connotaciones dotándola de elementos culturales, de símbolos, de emociones, de líderes y, en definitiva, creando todo un metarrelato a su alrededor, con una semántica propia.

El problema de concebir de esta manera la clase es que deja de constituir un mero elemento de análisis y se empieza a definir no como “cosa”, sino como conjunto de personas. Y reitero lo de “problema” porque ya sabemos de sobra que cuando lo humano penetra y absorve lo que de partida es puramente científico, lo despoja de toda lógica, insuflándole esa subjetividad propia de los seres pensantes, sí, pero también emocionales, volubles, pasionales o egoístas.

Los partidos de izquierda, los sindicatos o los movimientos sociales que los circundan, conciben la clase precisamente así, como un grupo social. De esta forma, una persona de “izquierdas” no duda en catalogar a un albañil mileurista como obrero, como proletario o clase trabajadora, en atención a las características de su actividad laboral. Sin embargo, la persona que hace ese “arriegado” ejercicio de clasificación, no se ha detenido a preguntarle a ese sujeto-albañil si él mismo se considera o quiere considerarse como tal.

Lo que quiero decir es que, si cambiamos la manera de concebir la clase, de la herramienta de análisis a un conjunto de subjetividades, hay que contar, a la fuerza, con cada una de ellas para que den su consentimiento a la hora de dejarse englobar, etiquetar o definir de tal manera. El elemento volitivo, en tanto que hablamos de personas, no es menos importante que el salario, la relación laboral o la propiedad de los medios de producción, de hecho, es incluso más importante.

De este modo, podemos empezar a comprender por qué los partidos que en su programa detallan listas de medidas, derechos y garantías para esa clase, no terminan de contar con todas las personas que, a priori, encajarían en ese perfil. Gente que, racionalmente, votaría sin dudar por esa candidatura.

Es cierto que el efecto creador de conciencias y opiniones de los mass media, el biopoder o el anacronismo del lenguaje que suelen utilizar estas fuerzas políticas, tienen su parte de “culpa” en esta deformación de la lógica política (si es que eso existe…). Pero no hacen más que agravar o poner más de manifiesto la disfunción principal que supone el punto de partida, el sentirse parte de una determinada clase social.

A los pocos meses de estallar el fenómeno 15M en España, sucesivas encuestas otorgaban porcentajes de apoyo a las propuestas del Movimiento que cualquier partido (incluyendo los mayoritarios) soñaría con tener, subiendo incluso por encima del 70%.

En seguida, partidos y movimientos sociales de izquierda se precipitaron a reclamar como suyas dichas medidas, a recordarnos que ellos ya las preconizaban antes de que el 15M apareciese, y no es que les falte razón, pero se olvidan de que esas demandas se presentaban por sí mismas, sin estar rodeadas por el halo identitario cultural de símbolos y lenguajes históricos, de líderes pasados o de sistemas políticos añejos. Eran medidas, reivindicaciones, objetivos, puro contenido social, económico o político, por sí mismo. Era un mensaje.

Y como el emisor del mismo no era reconocible o catalogable dentro de los marcos categoriales ideológicos históricos, los potenciales receptores de ese mensaje se centraban sólo en el mismo, adhiriéndose a él, constituyendo, sin saberlo, un grupo social que encaja en el primario papel de la clase, el de herramienta de análisis.

En una época en la que el deseo, el querer o las ansias de autonomía y libertad son verdaderos motores de la acción política y social, prescindir del elemento volitivo, del marketing social, del efecto atrayente del lenguaje es un craso error. El ser humano avanza hacia un nuevo estadio, el Homo Ludens, y se redefinen, a la fuerza, conceptos centenarios, actualizándose a los tiempos que corren. Así, la clase social ya no es un conjunto de personas a las que poder encajar, sin su consentimiento, en unos parámetros, sino que pasa a ser un conjunto de gente que, voluntariamente, son capaces de adherirse y hacer suyo un mensaje.

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