La sociedad en movimiento

concentración del movimiento 15M en la Plaza de la Encarnación, Sevilla. Foto Flick: Ale Arillo

concentración del movimiento 15M en la Plaza de la Encarnación, Sevilla. Foto Flick: Ale Arillo

Me gustaría despedir el año haciendo una reflexión personal. Un año en el que #LaMafia ha contraatacado, tras el terremoto popular de las plazas y las redes, y nos ha dejado la cara colorada a base de B.O.E.fetones.

Y es que este 2013 ha estado especialmente caracterizado por atropellos en forma de leyes y decretos, de indultos, de multas o de tarifazos. Y no sé si es mi sola impresión, pero percibo cierto agotamiento en “la resistencia”. Lógico, por otra parte, porque resistir cansa. Mucho.

¿Qué ha pasado para que concentraciones como la de la foto se vean ya con nostalgia? ¿Por qué es cada vez más difícil movilizar a la gente? Son necesarias más preguntas para poder responder a estas cuestiones.

¿Qué teclas se tocaron para que se movilizasen? ¿Qué sensación queda de lo que se ha hecho o conseguido? ¿Por qué se movilizaban? ¿Cuáles son los costes de esa movilización y cuáles los factores que erosionan una posición activa, activista, sostenida? Lamentablemente, aquí no funciona el 2+2=4. La relación entre el maltrato al que nos someten desde el Poder y la reacción en contra no es una regla de tres directa. Ojalá pudiera serlo…

Hace no mucho, Mayo Fuster publicaba en eldiario.es un interesante artículo que trataba sobre la Ley de Potencias. En él se intentaba dar sentido a esa máxima que indica que sólo un 10% de las personas integrantes de una red son las que se movilizan. Pero quizás es más apropiado, para analizar lo que sucedió en 2011, para responder a tantas preguntas, retrotraerse un paso antes, cuando la red no está aún formada, cuando se encuentra en plena construcción.

En este sentido, mi memoria, alterada por el paso del tiempo o no, me lleva a los primeros meses de vida de Democracia Real Ya. Y paseando desde ese Febrero de 2011, a través de estos casi 3 años, hay un concepto que considero central en el éxito de lo que fue y en lo que pueda estar por llegar: el desbordamiento.

DRY fue un sujeto colectivo consciente y continuamente desbordado en sus inicios. Cierto es que se daban las condiciones de una oportunidad política para lanzar un órdago así. No cabe duda de que movimientos y agentes políticos y sociales ya instituidos arrastraban un inmovilismo, o una trayectoria errática, que dejaba espacio para una nueva experiencia. Pero fueron las características propias de DRY las que propiciaron que, en apenas tres meses de preparación, se creasen más de 60 nodos locales, una red estatal con lazos en otros países, un manifiesto y unas reivindicaciones comunes, espacios de encuentro y grupos de trabajo, online y offline,  y que todo se condensase en una jornada de manifestaciones masivas, que pilló por sorpresa a propios y extraños, a medios, a partidos o a la policía.

Como decía, DRY vivía en continuo desbordamiento. Eso se debía a que cualquier persona que se reconociese en el manifiesto, en los objetivos o en la propia idea de una Democracia Real, pudiera ser parte, pudiera ser él o ella, pudiera tomar todo lo que ya estaba elaborado, reelaborarlo y devolverlo al común, impregnado de su propia aportación. Eso pasó, por ejemplo, con todos los virales que se lanzaron antes del 15 de Mayo. La mayoría, eran realizados por personas que quizás no pertenecían a un nodo local, o que no estaban en el grupo de coordinación. Gente que, simplemente, quería poner su granito de arena. Imagínense si nos hubiéramos puesto nerviosos porque había personas “utilizando nuestra marca” sin nuestro permiso, sin nuestro control. Pues sí que nos poníamos nerviosos, a veces, al no poder contrastar de dónde venían o quiénes eran los que habían creado tal o cual perfil en FB o Twitter… hasta que comprendimos que ese desbordamiento, ese ser sin ser de nadie, era la clave del éxito.

Cuando parecía que habíamos llegado a nuestro tope, ese 15 de Mayo, pasó lo que nadie esperaba (o sí, pero pocos…), otro desbordamiento: plazas abarrotadas de gente, de comunes y corrientes. ¿Eran DRY? ¿no eran DRY? ¿Qué y quiénes eran? Estas preguntas, por las experiencias que me han llegado y por la propia que viví, se dieron en muchas acampadas, hasta que se empezó a interiorizar este nuevo desbordamiento, aparejado a una nueva identidad, libre y colectiva, el sujeto 15M. Los desbordamientos propician algo muy interesante: permiten que sea real, aún por un periodo de tiempo no muy extenso, que no existan líderes, que no se reifiquen las experiencias, que no se burocraticen las dinámicas, que no se desarrollen sentimientos de propiedad hacia la cosa, ni de la cosa hacia uno mismo. Pero si esa cadena de desbordamientos se detiene, inevitablemente acabamos por instituir la cosa, por dotarla de una identidad, de unos símbolos, de un lenguaje…, que van más allá de los propios objetivos, del “meme” designificado, con esa propiedad de poder ser aprehendido, modificado y devuelto al común por cualquiera.

Hay puntos fuertes en ese proceso, por supuesto. La especialización, encontrar a las personas con las que mejor trabajas en lo que mejor trabajas, organización, perfeccionamiento de las metodologías, etc. La cuestión es si, aparejado a este proceso de institución, no va también un proceso paralelo de marginalización (en el sentido de poner márgenes, de acotar, de seleccionar a una parte del todo) y de profesionalización. A su vez, esta marginalización y profesionalización llevan a que unas personas -o grupos- asuman más tareas, se hagan reconocidas o reconocibles, delegándose en ellas la iniciativa y el peso de las mismas. Nos lleva, al final, a una suerte de representación por delegación. Se ha construido la red, sí, y ahora empieza a funcionar la Ley de Potencias.

Pero sucede otra cosa perniciosa, perjudicial. Al tratarse de activismo, de una actividad política por definición no remunerada (y esto no es un alegato para que se remunere, sino una constatación de la realidad), es insostenible a la larga. Además, la profesionalización, las largas horas dedicadas a-y-en un grupo más o menos homogéneo, favorecen un distanciamiento del resto de la sociedad. En el activismo nos “contaminamos” de nosotr@s mism@s y transferimos esa contaminación, aún sin quererlo, al sujeto o experiencia colectiva.

Como pueden ver, este proceso es completamente el opuesto a lo que sucede cuando existe y se promueve el desbordamiento, ya que, cuanta más gente se decida a participar, menos riesgo hay de anquilosamiento. Se combate o se compensa la subjetivación con-y-por la multisubjetividad.

Llegados a este punto, como persona a la que le preocupa el mañana, me pregunto en el hoy cómo se pueden relanzar experiencias, en el campo que sea, donde se puedan producir nuevas oleadas de desbordamientos y, no menos importante, cómo poder mantenerlos en el tiempo, sin que nuestra propia inercia de prácticas políticas y culturales nos lleven a marginalizarlas. Lo que pretendo, en el fondo, con estas reflexiones, es que se desborden las respuestas.

Feliz y combativo año nuevo,

@SuNotissima

La Izquierda y la Clase

Cuatro años  desde el estallido de la crisis. Un buen montón de meses que han dejado en evidencia que el sistema actual es completamente insostenible, que las políticas neoliberales no sirven más que para agravar las diferencias sociales, cargarse el medio ambiente y sumir a la población en un estado de emergencia y precariedad permanente, haciendo del miedo, de la competitividad y del rencor un estilo de vida, o de muerte en vida.

Un panorama gris que no sólo amenaza con derrumbar los cimientos del Estado del Bienestar, sino que se los ha cargado directamente, a la velocidad con que los capitales viajan, vuelan, de cuenta corriente en cuenta corriente.

Pero llama la atención que, ante tamaña evidencia, las fuerzas políticas institucionalizadas (a modo de partidos o sindicatos) que se oponen al actual modelo político, social y económico imperante no han visto crecer de sobremanera su apoyo en las urnas o en el censo de militantes. Tampoco los viejos movimientos sociales, aún enquistados en una gramática política vetusta, han sabido cambiar su manera de pensar la realidad y siguen reproduciendo la idea de vanguardia ideológica, abogando por prácticas políticas que parecen únicamente destinadas a presionar a esas fuerzas institucionalizadas, no cuestionándose el modo de funcionar, alejándose de ese “pueblo” al que interpelan, pero que les escucha mucho menos de lo que desearían.

Hay que bucear un poco en el lenguaje y realizar un ejercicio de análisis y reflexión sobre las causas por las que eso que llamamos izquierda no ha sabido ocupar el papel de antítesis en el juego político y en plena crisis del capitalismo. Especialmente hay que destripar el elemento fundamental, sobre el que construyen todo su planteamiento y acción política, la clase social. Para ello, esbozaré dos modos de definirla. En primer lugar, como una cosa y, en segundo lugar, como un conjunto de personas.

Producto de la dialéctica histórica o materialista, la Clase surgió, en sus inicios, como una herramienta de análisis, fijando unos parámetros objetivos, centrados sobre todo en variables socio-económicas, donde se podría encajar a un determinado sector de la población. Todavía hoy se utiliza así en determinadas áreas académicas, como la planificación y gestión de políticas públicas.

Pero con el tiempo, obra de los movimientos e ideologías que surgieron tras 1848 (año de publicación del Manifiesto Comunista), la clase adquirió una dimensión identitaria. Sin abandonar los criterios empíricos de análisis, ese grupo social que se encuadraba en lo que se conoce como clase trabajadora, amplió sus connotaciones dotándola de elementos culturales, de símbolos, de emociones, de líderes y, en definitiva, creando todo un metarrelato a su alrededor, con una semántica propia.

El problema de concebir de esta manera la clase es que deja de constituir un mero elemento de análisis y se empieza a definir no como “cosa”, sino como conjunto de personas. Y reitero lo de “problema” porque ya sabemos de sobra que cuando lo humano penetra y absorve lo que de partida es puramente científico, lo despoja de toda lógica, insuflándole esa subjetividad propia de los seres pensantes, sí, pero también emocionales, volubles, pasionales o egoístas.

Los partidos de izquierda, los sindicatos o los movimientos sociales que los circundan, conciben la clase precisamente así, como un grupo social. De esta forma, una persona de “izquierdas” no duda en catalogar a un albañil mileurista como obrero, como proletario o clase trabajadora, en atención a las características de su actividad laboral. Sin embargo, la persona que hace ese “arriegado” ejercicio de clasificación, no se ha detenido a preguntarle a ese sujeto-albañil si él mismo se considera o quiere considerarse como tal.

Lo que quiero decir es que, si cambiamos la manera de concebir la clase, de la herramienta de análisis a un conjunto de subjetividades, hay que contar, a la fuerza, con cada una de ellas para que den su consentimiento a la hora de dejarse englobar, etiquetar o definir de tal manera. El elemento volitivo, en tanto que hablamos de personas, no es menos importante que el salario, la relación laboral o la propiedad de los medios de producción, de hecho, es incluso más importante.

De este modo, podemos empezar a comprender por qué los partidos que en su programa detallan listas de medidas, derechos y garantías para esa clase, no terminan de contar con todas las personas que, a priori, encajarían en ese perfil. Gente que, racionalmente, votaría sin dudar por esa candidatura.

Es cierto que el efecto creador de conciencias y opiniones de los mass media, el biopoder o el anacronismo del lenguaje que suelen utilizar estas fuerzas políticas, tienen su parte de “culpa” en esta deformación de la lógica política (si es que eso existe…). Pero no hacen más que agravar o poner más de manifiesto la disfunción principal que supone el punto de partida, el sentirse parte de una determinada clase social.

A los pocos meses de estallar el fenómeno 15M en España, sucesivas encuestas otorgaban porcentajes de apoyo a las propuestas del Movimiento que cualquier partido (incluyendo los mayoritarios) soñaría con tener, subiendo incluso por encima del 70%.

En seguida, partidos y movimientos sociales de izquierda se precipitaron a reclamar como suyas dichas medidas, a recordarnos que ellos ya las preconizaban antes de que el 15M apareciese, y no es que les falte razón, pero se olvidan de que esas demandas se presentaban por sí mismas, sin estar rodeadas por el halo identitario cultural de símbolos y lenguajes históricos, de líderes pasados o de sistemas políticos añejos. Eran medidas, reivindicaciones, objetivos, puro contenido social, económico o político, por sí mismo. Era un mensaje.

Y como el emisor del mismo no era reconocible o catalogable dentro de los marcos categoriales ideológicos históricos, los potenciales receptores de ese mensaje se centraban sólo en el mismo, adhiriéndose a él, constituyendo, sin saberlo, un grupo social que encaja en el primario papel de la clase, el de herramienta de análisis.

En una época en la que el deseo, el querer o las ansias de autonomía y libertad son verdaderos motores de la acción política y social, prescindir del elemento volitivo, del marketing social, del efecto atrayente del lenguaje es un craso error. El ser humano avanza hacia un nuevo estadio, el Homo Ludens, y se redefinen, a la fuerza, conceptos centenarios, actualizándose a los tiempos que corren. Así, la clase social ya no es un conjunto de personas a las que poder encajar, sin su consentimiento, en unos parámetros, sino que pasa a ser un conjunto de gente que, voluntariamente, son capaces de adherirse y hacer suyo un mensaje.